El joven rey sudaba sangre, y su madre ya contaba las horas hasta poder gobernar de nuevo.
La Emperatriz que Ahogó un Imperio: La Masacre Secreta de Catalina de Médici
Cómo la Decisión de Medianoche de una Reina Florentina Desató la Guerra Religiosa más Sangrienta de Francia
Las despiadadas maniobras nocturnas de Catalina de Médici tras la muerte de su hijo evitaron que el trono de Francia se derrumbara.
Las velas del Louvre parpadeaban tenues mientras Catalina de Médici recorría sus aposentos la noche del 28 de mayo de 1574. Afuera, París contenía el aliento. Su hijo, el rey Carlos IX, yacía moribundo en los aposentos reales, su cuerpo devastado por una misteriosa enfermedad que lo había consumido durante semanas. La sangre brotaba de sus poros—una condición que sus médicos no podían explicar. Con cuarenta libras menos de las que había pesado meses atrás, el rey de veintitrés años susurró su última confesión a su nodriza hugonote, suplicando perdón por la Masacre del Día de San Bartolomé que había autorizado dos años antes.
Catalina montaba guardia, pero su mente galopaba hacia otros asuntos. Ya había despachado jinetes hacia Polonia, donde su hijo favorito, Enrique, servía como rey electo. En el momento en que Carlos exhalara su último aliento, ella se convertiría en regente de Francia—otra vez. A medianoche, todo había terminado. Carlos IX expiró, y Catalina tomó el control de un reino que se desgarraba a sí mismo.
Lo que pocos historiadores enfatizan es la coreografía calculada de las horas que siguieron. Catalina ordenó inmediatamente el sellado de las puertas de París, no p…
💡 La enfermedad final de Carlos IX le hizo sudar sangre a través de los poros—una rara condición llamada hematidrosis, provocada por estrés psicológico extremo, probablemente causado por la culpa de la Masacre del Día de San Bartolomé.